El Super Bowl LX se jugará el domingo 8 de febrero de 2026 en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, con los New England Patriots como campeones de la AFC y los Seattle Seahawks como campeones de la NFC. El duelo quedó confirmado en el Championship Sunday después de que New England venciera a Denver por 10–7 y Seattle superara a Los Angeles Rams por 31–27, preparando un cruce moderno con protagonistas muy distintos en ambos banquillos.
El camino de New England hacia Santa Clara se construyó con una victoria de tanteo bajo en la final de la AFC, donde el marcador se decidió por detalles y los errores se pagaron caros. Ese perfil suele funcionar en un escenario neutral, especialmente si los Patriots consiguen ralentizar el ritmo, ganar los momentos de equipos especiales y convertir visitas a la red zone en touchdowns y no en field goals.
Seattle, en cambio, llega tras un 31–27 en la final de la NFC en el que el ataque encadenó varias series productivas y la defensa tuvo que firmar una parada decisiva al final. Esa combinación es relevante: sugiere que los Seahawks no dependen de un guion perfecto para ganar, porque pueden intercambiar puntos pronto y aun así confiar en su defensa para cerrar.
La narrativa más práctica es el tempo. Si los Patriots pueden acortar el partido con posesiones largas y un fútbol situacional limpio, reducen el número de oportunidades en las que la velocidad y el perfil de jugadas explosivas de Seattle pueden romper el encuentro en segundos.
Los Super Bowls a menudo se deciden en las primeras jugadas de cada serie. Si New England se mantiene “en horario” — cuatro a seis yardas en primer down, terceros downs manejables —, el playbook se mantiene abierto y se minimizan las situaciones obvias de pase, donde una presión de alto nivel puede atacar sin dudas.
La identidad defensiva de Seattle ha sido lo bastante sólida como para forzar a los rivales a vivir en “largas distancias”, y ahí los Seahawks se vuelven más peligrosos: presiones camufladas, rotaciones de cobertura y profundidad en el pass rush ganan valor cuando el ataque está obligado a lanzar. Si Seattle produce de forma constante segundos y terceros downs largos, la balanza se inclina hacia su lado.
En el otro costado, la mejor opción de los Patriots es romper el timing y obligar a Seattle a ganarse cada pase. Eso implica rush lanes disciplinadas (para evitar daño por scrambles), placajes firmes en rutas cortas y aceptar ganancias pequeñas antes que permitir que una jugada rota se convierta en una explosión.
Seattle llegó al Super Bowl con Sam Darnold lanzando tres pases de touchdown en la final de la NFC, incluyendo envíos clave que impidieron que los Rams transformaran el impulso en control total. Ese rendimiento importa porque subraya la pregunta central: ¿puede Seattle sostener ese nivel de eficiencia ante una defensa diseñada para cerrar el centro del campo y castigar la indecisión?
Para New England, la victoria 10–7 ante Denver fue el tipo de partido en el que el trabajo del quarterback consiste tanto en evitar desastres como en producir jugadas de escaparate. En un Super Bowl apretado, eso puede ser una ventaja si los Patriots juegan sin errores y obligan a Seattle a ser perfecto dentro de la red zone.
Aquí también pesa el staff: motion pre-snap, ajustes de protección y la valentía para atacar profundo en el momento correcto. El equipo que gestione mejor los cuartos downs, el reloj y la posición de campo — regalando menos “puntos gratis” — suele ser el que llega más cómodo a los últimos seis minutos.
La capacidad de Seattle para convertir pases cortos en ganancias largas depende de la separación y de las yardas después de la recepción. Si los Seahawks ganan de forma consistente los duelos uno contra uno por fuera, los Patriots se verán forzados a usar ayudas que abren espacio en otras zonas.
El plan de New England suele ser más incremental: sostener drives, finalizar series y forzar punts en lugar de intercambiar touchdowns. En ese tipo de partido, los running backs, los tight ends y el “segundo receptor” — no solo la gran estrella — pueden decidir si una posesión termina en puntos o en un punt desde el medio campo.
En defensa, ambos buscarán una jugada de alto impacto: un strip-sack, una intercepción por balón desviado, una parada en cuarto down. Los Seahawks ya demostraron que pueden vivir en ese instante ante los Rams; los Patriots demostraron que pueden ganar incluso cuando el ataque no está cómodo, siempre que la defensa mantenga el marcador ajustado.

La historia de lesiones a estas alturas no es tanto “quién está tocado” — casi todos lo están —, sino quién puede rotar sin perder nivel. La profundidad en línea ofensiva, pass rush y defensive backs se vuelve más valiosa en un Super Bowl, donde la fatiga y los emparejamientos repetidos pueden exponer el eslabón más débil.
En la práctica, la ventana de dos semanas sirve para recuperar y ordenar el plan. Si alguno de los dos equipos tiene titulares con molestias, la clave es si pueden entrenar lo suficiente como para mantener el timing, especialmente en el juego de pase y en la comunicación de protecciones.
La reacción del mercado tras las finales de conferencia aportó una fotografía útil de la lectura inicial de casas y apostadores: Seattle abrió como favorito y la línea se movió rápido en esa dirección, con el spread pasando a Seahawks -4.5 y un movimiento notable en la moneyline y el total pocos minutos después de terminar la final de la NFC.
Un movimiento temprano así suele reflejar dos cosas: riesgos percibidos de emparejamiento (por ejemplo, una defensa capaz de romper protecciones de manera constante) y el apetito del público por un equipo que se vio más explosivo en el último partido. Es un termómetro, no una garantía.
También plantea la tensión estratégica para New England. Si Seattle queda valorado como el equipo más completo, la mejor respuesta de los Patriots es un partido de baja volatilidad: series largas, equipos especiales limpios y obligar a Seattle a ejecutar en la red zone en lugar de castigar con explosivas.
Desde la perspectiva de Seattle, el mensaje es directo: si evitan el turnover catastrófico que gira la posición de campo y la emoción del partido, su capacidad para anotar de varias maneras — y para cerrar con una parada defensiva cuando hace falta — encaja con el guion que suele ganar los Super Bowls modernos.